Bruselas. Pasaba por aquí.
Hola, bruji,
“Pasaba por aquí, pasaba por aquí, ningún teléfono cerca…” decía Luis Eduardo Aute en una de sus más célebres canciones y es casi la sensación que se tiene después de marchar de Bruselas. Y la verdad es que yo fui a propósito, esta en Brujas y me dije, vamos a conocer la capital de Bélgica, que si van allí tantos políticos por algo será, y, como decía mi padre, “de allí, donde haya muchos políticos, huye como del diablo”, y, bueno, es un poco exagerado… pero tampoco muy irreal.
Bruselas tiene sus encantos, aunque no abunden, y sí da para una visita de un par de días. No podemos hablar de ningún punto neurálgico porque, en líneas generales, la ciudad es muy tranquila, pero, aunque esté llena de turistas, el primer sitio para ver es la Grand Place. Es impresionante, una de las plazas más bonitas que he visto en mi vida y créeme que he visto muchas, y creo que verla ya es suficiente como para decir que “pasaba por aquí”. De la época de Carlos V, ése que era Carlos I en España, es de estilo flamenco, aunque allí digan que es de estilo español. Es muy recomendable quedarse un buen rato, si hay suerte de que no llueva o esté un día feo, algo harto improbable, en una de sus terrazas, consumiendo la bebida nacional belga: una rica cerveza. Alrededor de la Grand Place hay unas pocas calles tranquilas, también con sabor de historia, agradables para pasear o para pasar un rato en sus numerosos bares o restaurantes (caros), y con parada obligatoria en dos puntos, por un lado en la estatua belga más conocida en todo el mundo: el Manneken Pis, que no deja de ser una estatua de un niño meón, lleva varios siglos meando (¿será un homenaje a la cerveza?), al que le ponen un disfraz cada día (no le veo la gracia), y que para chasco de casi todos, que esperamos una estatua de dimensiones considerables, no mide más de dos palmos. El otro punto imprescindible es la Galería Saint Hubert, calle cubierta con una bóveda de cristal que dicen que es la cale comercial cubierta más antigua del viejo continente.
De todos modos, lo más curioso de Bruselas está un pelín distante del centro, así que a pillar el metro hacia el barrio de Heisel, donde está el fatídico estadio donde la barbarie hizo teñir de luto al deporte y sonrojar a toda la sociedad europea, y allí evitando el estadio, veremos erigirse imponente el Atomium, estructura arquitectónica que representa a una molécula de cristal de hierro pero con su tamaño multiplicado unos cuantos miles de millones de veces. Impresiona más por fuera que por dentro, pues no hay más que salas de exposiciones, mucha escalera mecánica con mucha luz psicodélica y un mirador desde el que se puede ver toda la ciudad… no es mucha oferta teniendo en cuenta que la entrada cuesta un ojo de la cara y la cola suele ser larga. Al lado, si te apetece un paseo hortera-romántico, hay un parque temático, creo recordar que su nombre traducido era algo así como “Mini-Europa” donde se pueden ver replicas de los edificios más significativos de este continente a un tamaño no mayor que el de un adulto en los edificios con torres, como por ejemplo la catedral de Santiago de Compostela.
Nos quedaría por ver la parte de los edificios correspondientes a las instituciones europeas, pero… demasiado político, así que mejor es ir a tomar unas ricas cervezas locales, con un montón de variedades y degustar la comida nacional belga: las patatas fritas, dicen que las mejores del mundo, y sí son buenas, su proceso es freírlas, dejarlas reposar unos minutos y una segunda fritura rápida, y así les queda una costra crujiente, y los mejillones que, bueno, no están mal, pero nada que ver con los gallegos. Ya sé, ya sé… vas a preguntar por las coles… no las he visto por ningún lado.
Hecho todo esto, lo mejor es irse a otro sitio, igual que yo ahora me voy a hacer otros menesteres.
Hola, bruji,
Hola, bruji,
Hola, bruji,
Hola, bruji,
Hola, bruji,
Hola, amigos.
Hola Peque,
Hola, bruji,
Hola, bruji,